06 PM | 28 Sep

James Franco presenta #TheDisasterArtist

Otra vez lo volvió a conseguir la sección oficial de esta edición del Festival de San Sebastián: la sala al completo riéndose con una película de las que optan a la Concha de Oro. Risas y grandes aplausos suelen ser ingredientes que no le dan sabor palmarés a un título como «The disaster artist», dirigido y (magníficamente) interpretado por James Franco, pues son armas melladas en un festival de cine, pero, hasta que no se demuestre lo contrario (que se demostrará) hay que colocarla entre las favoritas.

Y también a la española «La vida y nada más», que aunque es americana de fondo y forma, la ha dirigido Antonio Méndez Esparza. Y esto fue lo último grande que ha sacado a flote la competición por la Concha de oro, aunque hubo otro título, el polaco “Beyond words”, de Urszula Antoniak, un fino ejercicio en blanco y negro y diseño “cool” del que cuesta hoy ya decir algo ante el empuje de las otras dos películas.

La de James Franco es una joya sin pulir, pues habla de un personaje inverosímil que, cosa absurda, es real, un director y actor llamado Tommy Wiseau que tiene el honor de haber hecho una de las peores y más desternillantes películas (por mala) de la historia; se titula “The room”, y Franco nos cuenta metido en la piel de Wiseau el cómo y el por qué la hizo. Para disfrutarla hay que entrar en la cabeza y la extravagancia del personaje, riquísimo, necio a más no poder y con una idea de sí mismo que hipnotizaría el ego de Pablo Iglesias. Su llegada a Hollywood junto a otro actor igual de memo que él (el hermano de James Franco, Dave), y el delirante rodaje de dos merluzos de una historia estrambótica, hecha con ínfulas y con la seriedad del asno, y que, vista luego, resulta una comedia de culto para generaciones de americanos que acuden a verla para mondarse. Es como aquello que hizo Burton con “Ed Wood”, pero sin atisbo de poesía, con enormes dosis de vitriolo y sin provocar la menor piedad por el personaje melón. Para levantar acta notarial de la genialidad de James Franco, se ofrece como coda un montaje en paralelo de escenas de “The Room” y de “The disaster artist” y es realmente asombroso el modo en que Franco ha clonado el estilo y al personaje.

“La vida y nada más” no es divertida, pero sí realmente buena, pues su director cuenta un drama americano, de familia negra desestructurada, madre soltera, hijo adolescente carne de cañón y situaciones y ambientes abismales. Una historia conocida, o reconocible, pero que Méndez Esparza narra de manera muy especial, con un dominio fabuloso de la elipsis, una sutileza mayúscula y una fe absoluta en el montaje. Relata como en estampas la vida de sus personajes (la relación de la madre con su nueva pareja, como nace, crece y cruje, es sencillamente prodigiosa), les procura hueso y el sobreentendido de la carne, tiene toda su profundidad en la epidermis, y es, sin duda, uno de los títulos imprescindibles para el inminente Palmarés.

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