01 PM | 02 Nov

El mejor Universo Cinematográfico de DC está en la animación

“Antes de Zack Snyder y de Ben Affleck, las series animadas de DC hicieron historia de la TV (y los cómics). Te contamos su historia.”

¿Cuál es el mayor problema al adaptar un cómic de superhéroes al cine? Pues, aunque parezca una perogrullada, que es un cómic y es de superhéroes. Por si no le bastase con partir de un medio que combina texto e imagen, la película de turno se enfrenta a un material implausible por definición y en el que, además, se acumulan décadas de trabajo a cargo de múltiples artistas, algunos de ellos legendarios. El fan sabe (y el no-fan puede intuir) que ni el mejor actor, ni el mejor director, ni el mejor equipo técnico pueden plasmar a un Batman tan brutal como el de Frank Miller, tan sinuoso como el de Marshall Rogers ni tan deductivo como el de los guiones de Denny O’Neil. En lo que respecta a Superman, por su parte, ni Richard Donner y Christopher Reeve (ni mucho menos Zack Snyder y Henry Cavill) le pusieron la sonrisa que le dibujaba Curt Swan, ni le hicieron actuar con la bonhomía de la que le dotó Grant Morrison.



Si hemos mencionado sólo a los personajes estrella de DC Comics, no es por casualidad: entre 1992 y 2006 la ‘Distinguida Competencia’ de Marvel encontró una forma infalible de adaptar sus tebeos al audiovisual. Una forma que triunfó a lo grande, hasta el punto de dejar su huella en los cómics originales. Y que, de puro obvia, resulta extraño que no se le hubiera ocurrido a nadie antes: si los personajes de la compañía habían nacido sobre el papel … ¿por qué no pasar de versiones de carne y hueso y convertirlos en dibujos?

Desde luego, los shows de animación con superhéroes de protagonistas no eran nada nuevo en 1992, cuando el director y animador Bruce W. Timm comenzó a trabajar en su serie Batman. Lo que sí resultaba novedoso era la seriedad bien entendida del enfoque. Con sus ejemplos mejores y peores, los cartooons basados en cómics habían mostrado hasta entonces un tono acusadamente infantil, y rara vez destacaban por su calidad gráfica. Pero Timm y Paul Dini, su guionista de cabecera, tenían lo que había que tener para marcar una diferencia: eran jóvenes (Dini tenía 35 años, y el dibujante, 31), contaban con la percha promocional del estreno de Batman vuelve ese mismo año (“Eso ayudó a que en [el canal] FOX nos dieran manga ancha”, reconoce Timm) y, lo más importante, les gustaban los tebeos y los conocían a fondo.

Dada la fecha de su creación, la serie de Batman partía del precedente sentado por Tim Burton en imagen real: sus responsables hacían que los animadores dibujasen en blanco sobre cartulinas negras, para así mantener la lobreguez de Gotham City. Además, contaban con el tema de Danny Elfman para ambientar una secuencia inicial… que no era la secuencia de créditos, porque en ella no aparecía ni una sola letra: bastaba con mostrar las correrías del Caballero Oscuro durante un minuto escaso para que todo el mundo supiera lo que iba a ver.

Vista con ojos de hoy, los mayores méritos de Batman no están sólo en la calidad de su animación (debido al perfeccionismo de Timm y del productor Eric Radomski, la falta de presupuesto solía ser un problema), o en esa atmósfera que esquivaba la modernidad para dejar espacio a lo imaginativo (aunque no es una serie de época, su ambientación está llena de guiños al noir clásico y al art déco). Ni siquiera en un reparto vocal que, con Kevin Conroy como ‘Bats’ y Mark Hamill como el mejor Joker de la historia, se llevó a los aficionados de calle. La gracia estaba en que, sin perder de vista su condición de producto para niños y jóvenes, Batman se las apañaba para transmitir la oscuridad delirante asociada al Hombre Murciélago, adaptando algunos de sus mejores cómics a la pantalla y aportando ideas de su propia cosecha.

Por ejemplo, Harley Quinn (la desquiciada secuaz de Joker a la que Margot Robbie interpreta en Escuadrón Suicida) nació como personaje secundario en la serie, pasando después al papel debido a su popularidad. La mejor parte, eso sí, se la llevó el villano Mister Freeze: en el episodio Corazón de hielo (14×01), Timm no sólo tuvo el buen gusto de retratarlo con el rostro de Otto Preminger, quien lo había interpretado en la serie de Adam West, sino que redefinió totalmente su origen. El resultado pasó automáticamente al canon de los tebeos. Y, para colmo, el guión de Dini acabó llevándose un Emmy.

En total, Batman generó 85 episodios, emitidos entre 1992 y 1995. La relación de Timm y Dini con el Señor de la Noche (más su numerosa ‘bat-familia’) se prolongaría, a partir de 1997, con la también estupenda The New Batman Adventures, amén de con Batman del futuro (1999), una secuela en tono de ciencia-ficción, y con varios largometrajes directos a vídeo. Ahora bien: en 1996, había sonado el momento de abordar al otro personaje emblemático de DC. La cosa empezó con un largo (Superman: El último hijo de Krypton, 1996) , y siguió con una serie (Superman, claro) ese mismo año. Pese a que aguantó cuatro años en antena, y a que su aspecto visual era tan atrayente como su casting de voces (con Tim Daly como el Hombre de Acero), este show quedó a la sombra de su oscuro predecesor, y a la de unos años en los que la popularidad de ‘Supes’ no estaba precisamente en su mejor momento.

Aun así, la serie de Superman propició algo, en el fondo, inevitable: un crossover, titulado The Batman And Superman Movie: World’s Finest (1997). Dirigida por Toshihiko Masuda, japonés con mucha experiencia tanto en Occidente como el anime (incluyendo trabajos para Hayao Miyazaki), esta película dejó claro que el Hombre de Acero y el Caballero Oscuro de animación habitaban en un mundo más grande que la suma de sus dos líneas argumentales. Y también hizo gala de finura narrativa, contándonos cómo ambos descubren sus respectivas identidades secretas: si el kryptoniano sólo tiene que mirar bajo la máscara de su colega con su visión de rayos X, Batman averigua quién es en realidad Clark Kent gracias a sus dotes como detective. Ejem, señor Snyder, ejem.

Tras dos series menos recordadas (Static Shock, en 2000, y el spin off de Batman del futuro titulado The Zeta Project, al año siguiente), llegó la serie que sentaría de una vez por todas la entidad de algo cuyo nombre oficioso es Universo Animado DC, pero que los fans también conocen como el ‘Timmverso’ o el ‘Diniverso’: la serie La Liga de la Justicia (2001-2004). Un show en el que los límites empezaban a romperse, y no sólo en el censo de personajes principales (además de Batman y Superman, también entraban en el juego Linterna Verde, Flash, Hawkgirl, el Detective Marciano y John Stewart, el miembro afroamericano de los Green Lantern), sino también en lo que respectaba a los villanos, los secundarios y, en general, a la expansión de un universo narrativo que resultaba de lo más afín a su contrapartida en viñetas precisamente por no pretender seguirla al dedillo. Y, muchas veces, aprovechando sus posibilidades para el disparate e incluso la autoparodia. Algo que, en la siguiente encarnación de la serie, no haría sino incrementarse.

Según confiesa Bruce Timm, Justice League Unlimited (2004-2006) es su criatura favorita: “Puedo verme todos los episodios, uno tras otro”, dice. Y eso que sólo duró tres temporadas, tras la primera de las cuales Paul Dini se marchó para trabajar como guionista en Perdidos. Para qué nos vamos a engañar: el afecto de Timm tiene sus motivos. Cobijado bajo el ala de Cartoon Network, el director pudo darse el gustazo de invocar, si no a todos los héroes de DC, si ca la mayoría, conformando una serie que era a la vez un trabajo de aventuras y una sitcom en la que los tipos con disfraz charlan en la cafetería del curro antes de irse volando a salvar la Tierra. O en la que, por gajes del oficio, Batman tiene que cantar una canción de Billie Holiday en un club nocturno, con uniforme y todo. Y en la que las heroínas de la casa tienen una representación distinguida y abundante, desde la maga Zatanna hasta Supergirl. Como ejemplo definitivo de lo bien que salió todo, baste decir que el habitualmente iracundo Alan Moore permitió usar su nombre (como autor del guión original) en uno de los capítulos. El mismo Alan Moore que, recordemos, no dio ese permiso cuando sus Watchmen y V de Vendetta fueron adaptadas al cine.

Tras el fin de Justice League Unlimited, el Universo Animado DC acabó pasando a mejor vida. En lugar de prodigarse en formato serie, la editorial y Warner, su casa madre, prefirieron concentrarse en la producción de largometrajes, algunos de ellos basados en cómics especialmente famosos (Batman: Year One, All-Star Superman) y sin renunciar nunca del todo al grafismo aportado por Bruce Timm. De hecho, la superioridad de DC sobre Marvel en el campo de la animación es algo que apenas se discute en el fandom.

Este año, la adaptación de Batman: La broma asesina (el tebeo de Alan Moore en el que, a su vez, Tim Burton se inspiró mucho para su filme de 1990) trae de vuelta a los principales responsables de la serie animada… y también trae una calificación para adultos impensable hace 24 años, cuando ésta inició su andadura. Y, ahora que la casa de ‘Bats’ y del puñetero boy scout de Metrópolis saca adelante su propia continuidad de películas en imagen real, nosotros nos acordamos de las palabras del dibujante David Mazzuchelli, un señor que sabe mucho de todo esto: “Los superhéroes sólo son reales cuando están hechos de tinta”.

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